viernes, 12 de febrero de 2016

                                             
“Luc comprendió entonces y sintió un inmenso alivio. Todo lo que había ocurrido desde las cuatro de la mañana, la llamada telefónica de Cottin, el incendio, las heridas de Florence, los sacos grises, Jean-Claude en la unidad de quemados graves, y aquella historia de crímenes, por último, todo aquello se había desarrollado con una verosimilitud perfecta, una impresión de realidad que no daba pá- bulo a la sospecha, pero ahora, gracias a Dios, el guión de los hechos desvariaba, revelaba lo que era: una pesadilla. Iba a despertarse en la cama. Se preguntó si se acordaría de todo y si se atrevería a contárselo a Jean-Claude. «He soñado que tu casa se incendiaba, que tu mujer, tus hijos y tus padres habían muerto asesinados, que tú estabas en coma y que en la OMS nadie te conocía.» ¿Acaso se puede decir eso a un amigo, aunque sea tu mejor amigo? A Luc se le pasó por la cabeza la idea que habría de obsesionarle más adelante, la de que en ese sueño Jean-Claude interpretaba un papel de doble, y de que afloraban a la luz temores que él experimentaba respecto a sí mismo: miedo de perder a los suyos, pero también de perderse él mismo, de descubrir que detrás de la fachada social no había nada”.
“Cuando hablaban de él a horas tardías de la noche, ya no conseguían llamarle Jean-Claude. Tampoco le llamaban Romand. Estaba en alguna parte fuera de la vida, fuera de la muerte, no tenía nombre”.

El adversario
Emmanuel Carrère
Anagrama
172 páginas
2000

miércoles, 10 de febrero de 2016

                                                  

“La prohibición de permitir el ingreso a extraños a la casa era absoluta. Rosa lo sabía, por supuesto (se lo habían dicho dos veces, las dos mirándola fijo), pero estaba tan enamorada de María que dejarlo entrar a la cocina le pareció una violación menor. De todos modos, se cuidaba: montaba un verdadero operativo de disimulo frente a los vecinos; a veces se entretenía conversando con María en la reja de la entrada de servicio un buen rato antes de hacerlo pasar, cuando estaba segura de que nadie los había visto; a veces salía a recibirlo con un rastrillo en la mano, como si María fuera el jardinero… Una vez adentro, comían, hacían el amor (siempre en la cocina) y miraban televisión en un pequeño cuarto que Rosa traía de su cuarto y ponía sobre la mesada.
   La primera vez que María entró a la mansión se sorprendió con las dimensiones del lugar.
-¿Todo esto es la cocina? –dijo-.  ¡Es más grande que mi casa…!”

Sergio Bizzio
Rabia
Interzona editora
192 páginas
2005

martes, 9 de febrero de 2016



“Se recostó contra el auto y terminó el cigarrillo con pitadas profundas. A él no le interesaban los pensamientos elevados. La religión era cosa de mujeres y de débiles. El bien y el mal eran cosa de todos los días y de este mundo, cosas concretas a las que uno podía poner el cuerpo.
La religión, creía él, era una manera de desentenderse de las responsabilidades. Escudarse en dios, quedarse esperando que a uno lo rescaten, o echarle la culpa al diablo por las cosas malas que uno era capaz de hacer”.

Selva Almada
El viento que arrasa
Mardulce Editora
168 páginas
2012

sábado, 23 de mayo de 2015

David Foster Wallace, el grunge y una broma infinita


David Foster Wallace llega a la entrevista con un pañuelo en la cabeza que tiene estampas tribales. No es el único modelo que usa, amontona bandanas desde que estudiaba en Tucson, “cuando la temperatura era de 38 grados todo el tiempo y transpiraba tanto que chorreaba en las páginas”.  

-Qué se siente ser famoso –le dice Matthew Gilvert, del grupo New York Times.

-Puedo fingir como si me sintiera de una sola manera, aunque la realidad es que me siento de unas treinta y cinco maneras diferentes –contesta Wallace, 1.89 centímetros, remera con agujeros de polillas.

-Bueno, decime las primeras cuatro sensaciones -pacta Gilvert, sujeto a los caracteres de la doble página asignada por el Boston Glove.

Entonces corre 1997 y Wallace está en la máquina publicitaria norteamericana porque acaba de publicar La Broma Infinita, de 1079 páginas y 338 notas al pie: una obra que algunos críticos leyeron como “La grunge novela americana”, en años en los que Nirvana o Pearl Jam eran el “grunge musical” y Reality Bites con Winona Ryder a la cabeza era el “grunge cinéfilo”. Todo un imperio convulsionado de excesos sintéticos donde la vida joven solía ser grunge: un estilo inspirado en los no estilos.
-Sensación número cuatro: una ironía exquisita –dice Wallace- ya que buena parte del libro va sobre la publicidad y el efecto y la posición. Por lo que se trata de una enorme broma cósmica.


David Foster Wallace nació en 1962 en Nueva York y creció en una ciudad menor de Illinois, un estado del llamado Midwest norteamericano conocido por tener a Chicago al norte y ser la “tierra de Lincoln”. Su hogar fue académico. El padre enseñaba filosofía en la universidad y su madre daba lengua inglesa en la facultad pública. Como una de las estampas de su niñez, cuando había un conflicto familiar se comunicaban por cartas que se pasaban por debajo de las puertas, ya que su madre era muy sensible y la irritaban los choques verbales. También Wallace recordó en una entrevista que junto a su hermana menor Sally, cuando eran niños, escuchaban los recitados nocturnos de sus padres del Ulises de Joyce desde la cama.

En la adolescencia Wallace fue un apasionado de la filosofía, la lógica, la literatura y el tenis. Manuel Puig y Julio Cortázar son nombres que aparecen entre sus primeras lecturas como autores que lo inspiraban y que producían un “clic”, una especie de zumbido que persiguía y se le presentaba como una revelación científica, un momento donde las cosas encajaban y hacían el ruido natural de los mecanismos: “Fue una verdadera suerte que justo cuando dejaba de ser capaz de lograr el ‘clic’ con la lógica matemática empezara a obtenerlo con la ficción”, dijo una vez.

A los 21 años se acercó a la escritura a pesar de sus prejuicios, “principalmente a causa de todos los estetas afectados que en la facultad llevaban boinas y se acariciaban las barbillas”.

Decir joven prodigio es decir inadaptación a entornos habituados a la inteligencia media.  Decir Wallace es obtener una doble licenciatura en lengua inglesa y filosofía a los 22 años, especializarse en lógica modal y escribir como tesis una novela de 500 páginas llamada “La escoba del sistema”. También sufrir el éxito y tomar drogas para bajar la ansiedad de un trip que fue  de las pastillas a la fast-shock-rehab. ¿Hay sexo? No se sabe. Hay delirios. Pero sobre todo una agobiante erudición, tanta que se vuelve una carga para cualquier joven fastidioso de profesores con los que discute por conocer más teorías que ellos.

  …

Hay que saberlo: Wallace se suicidó en 2008 a los 46 años. Se colgó en el estudio de la casa  donde vivía con sus padres desde que la depresión crónica, esa que apareció en la adolescencia, se volvió una cápsula de tormenta incrustada en el cerebro a toda hora. Un taladro que chilla. En esos años daba clases y había decidido experimentar un tiempo sin medicación, lo que no resultó porque cuando volvió con el Nardil ya no funcionaba, algo común con algunos antidepresivos que el paciente deja y cuando retoma pierden lo eficaz. Wallace había bajado 30 kilos y tenía miedo de salir porque pensaba “¿qué pasa si me encuentro con uno de mis alumnos?”. Antes de colgarse, dejó sobre el escritorio 1700 hojas de su novela inconclusa El rey pálido (mecanografiada a dos dedos) y le dio un beso a sus perros, según imagina su hermana, que fue la que lo encontró colgando en la oscuridad total de un cuarto negro. Wallace se suicidó y hay que saberlo, pero ese dato biográfico no es una clave de lectura obligatoria.

Sí. En un artículo para la revista literaria Amherst escribió esto: “Tu eres tu propia enfermedad. Te das cuenta cuando miras en el agujero negro y éste lleva tu cara. Cuando la Enfermedad simplemente te devora por completo, o más bien cuando simplemente te devoras a ti mismo. Cuando te matas”. Y otra vez, en La broma infinita: “Si a una persona con dolor físico le resulta difícil prestar atención a cualquier cosa que no sea el dolor, una persona clínicamente deprimida no puede ni siquiera percibir a ninguna otra persona o cosa como independiente del dolor universal que la digiere célula a célula. Todo es parte del problema y no hay solución. Es un infierno”.

Pero la trama de sus narrativas también puede ser diferente, una mirada al mundo fast-food religion con una lengua hipercrítica que mastica las french fries y a la vez lee el catálogo de grasas saturadas y los países lejanos donde se cultivan las papas y el biodiesel que se produce con el aceite usado. “Su vida fue una búsqueda de información, un recopilar cómos y porqués” escribió  David Lipsky, autor de una biografía de cinco días de viaje con Wallace. Lipsky, que es de las filas de las Rolling Stone´s interviews, también dijo que en sus “últimos días David y sus padres se levantaban a las seis de la mañana, paseaban a los perros y después miraban dvds de The Wire”.

Wallace creó una teoría donde la mayúscula tiene un sentido particular que franja al realismo del  Realismo. Entre estas corrientes de “impresionistas narrativos”, él se coloca entre los de la “r” minúscula para “encarar e interpretar aspectos reales de experiencias reales que anteriormente han estado excluidas del arte”. Antagónicos, los Realistas serían aquellos que no asumen que “el realismo es una ilusión del realismo” y pueden pasar decenas de páginas describiendo un objeto para llegar a su imagen “real”.


Un día, quizá mientras cruzaba el puente que une Brooklyn y Nueva York hasta la redacción de la revista Harper’s, el editor Colin Harrison tuvo la idea anfibia de que Wallace fuera a los lugares más auténticamente americanos, los mirara, los detallara, les aplicara sus conocimientos de lógica y matemática e incluso le pusiera sus obsesivas aclaraciones al pie de página. El truco, “estaba en hacerlo sincero aunque también interesante, ya que la mayoría de nuestros pensamientos no son interesantes. Ser sincero con un motivo”, dijoWallace.

En la antología periodística Hablemos de langostas el narrador se dice “¿está bien hervir a una criatura viva y sensible solo para nuestro placer gustativo?”, y lo hace entre contingentes autómatas que devoran cualquier variante langostina. También va a un festival de cine porno donde una de las categorías es “Mejor película de temática anal”. Y lo hace otra vez en un artículo donde narra siete días en la candidatura a presidencia de John McCain para la revista Rolling Stone.

Quizá el texto más desquiciado del libro es una enorme sumatoria de notas que salen de más notas: Presentador. El tema del relato tal vez pase desapercibido, pero su lógica es lo más cercano en papel al hipervínculo de la escritura online, que suma todos los recursos del salto para formar unidades no lineales, a la mejor Rayuela.

Junto a Tomas Pynchon y Jonathan Franzen (que era íntimo amigo y lo acompaño hasta sus últimos días) Wallace forma parte de varios cánones, pero el más particular es el de aparecer en Los Simpsons, donde uno de los capítulos parodia con Bart su crónica “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, en la que viaja sobre un crucero donde el paraíso y el infierno están demasiado cerca.

“Si hay algo distintivo en nuestra generación es que hemos sido macerados en medios de comunicación y marketing”, dijo Wallace y en seguida se puede pensar en Bret Easton Ellis, que lo llevó al extremo con una batería de páginas de American Psycho dedicadas a marcas comerciales.  

A los 41, Wallace se metió con el teorema de la incompletitud de Gödel y publicó Todo y Más: Una Historia Compacta del Infinito, que es un libro técnico sin traducción al castellano en donde Gödel es como el diablo de las matemáticas: “Él dijo soy una verdad indemostrable, y esa incertidumbre que les puso a las matemáticas forma parte de la incertidumbre en que vivimos”, dijo Wallace a un periodista que le preguntó si creía a sus lectores tan devotos como para acompañarlo en un ensayo matemático. La niña del pelo raro(para muchos el mejor y más accesible de sus libros) Entrevistas breves con hombres repulsivos y Extinción, completan su obra narrativallena una conciencia de sí que tiene tantas voces como una serpientes la medusa.

“Es cierto que Wallace era un caso de depresión, pero de la misma manera en que todos somos un caso: encerrados en nuestros cráneos y aislados de los demás, vivimos en mundos y más mundos de indominables, apiñadas sensaciones, emociones, actitudes, opiniones y –esa palabra de neutralidad que asusta– información”,  escribió cuando se enteró de la muerte de Wallace el novelista David Gates.

El libro Conversaciones con David Foster Wallace es un buen punto de partida para meterse en las opiniones de ese hombre denso y astuto que pensaba demasiado. La editorial Pálido Fuego tradujo unas 20 entrevistas desde sus comienzos como escritor hasta los últimos días y el resultado no es una biografía, sino el viaje inconstante de toda existencia en busca de sí, donde Wallace dice, más allá de las estéticas, que “el arte vital y prioritario es aquel que trata sobre lo que significa ser un ser humano”.

martes, 10 de febrero de 2015

URSÚA



Se cumplen 10 años de la publicación de Ursúa, de William Ospina, la primera de una trilogía que narra el saqueo de América por los europeos en la conquista. 


En 1533, Atahualpa, el último inca emperador del Perú, fue invitado por Francisco Pizarro a una reunión de paz donde pautarían la hermandad entre los recién llegados españoles y su pueblo. Para la ocasión, los incas se vistieron con ropa de gala y llevaron a Atahualpa sobre un tablón de oro forrado en plumas donde se alzaba un trono, también de oro, que se cubrió de sangre: esa tarde los soldados de la corona masacraron a siete mil nativos que avanzaban desarmados y cantando. Tiempo después y más al norte, en los dominios de Panamá y Colombia, un joven de familia noble desembarcaba con la poco original ilusión de encontrar un tesoro y vivir experiencias exóticas para luego contarlas en algún castillo europeo. Las atroces aventuras de ese conquistador llamado Pedro de Ursúa dan nombre y son narradas en Ursúala primera de una trilogía de las Américas escrita por el colombiano William Ospina.
Ursúa se mueve en un mundo que a falta de precisiones cartográficas abunda en territorios imaginarios. Están Eldorado, El templo del Sol, el País de la Canela y la ciudad de Manoa: labrada en oro puro en medio de las selvas, con ríos atravesados por embarcaciones de oro y “grandes efigies de pájaros, de serpientes y de monos en oro macizo que asomaban por los salientes de las edificaciones”. Y como una ecuación truculenta, cuanto más áurea sea la esperanza del tesoro mayor es la crueldad, una experiencia detallada del sufrimiento donde no faltan los ejércitos poblados de perros entrenados para comer hombres ni las incontables traiciones a los nativos, para los que el oro tenía valor en cuanto su materia estaba amasada en la misma sustancia que el sol, siendo “la carne del dios en la tierra, la cara que puede mirarse”.
Con el paso de los años el joven español que llega con ánimos de aventuras se convierte en uno de los más ferales conquistadores, temido por los pueblos y honrado por la corona, que ve en su despiadado avance sobre paisajes inexplorados la posibilidad de incrementar el reino. Sobre este eje, uno de los puntos originales que diferencia a Ursúa de otras novelas históricas o crónicas de Indias es el narrador. Se trata de un mestizo con padre español y madre india que oculta su condición y está fascinado por Ursúa, después de que un día le salva la vida de un crimen vulgar que lo borraría de la historia sin pena ni gloria. Este narrador no oculta sus bajezas durante el relato, como tampoco exagera ni expone un discurso por fuera de la doble moral de aquellos que matan y torturan en nombre de Dios y de la salvación para los “pueblos salvajes”: es una voz que se sabe cobarde y tiene un héroe infame acorde a su esencia.
La precisión histórica de Ospina responde a una investigación que lo ocupó durante seis años entre cartas, poesías, crónicas y relatos de la época. El autor dice que todos los datos referidos parten de documentos verídicos, más allá de las licencias necesarias para hilvanar episodios que transcurrieron hace 500 años, y es ahí donde lo onírico aparece como una llave para hablar de Ursúa, que “a veces tenía sueños tan vívidos, que le costaba apartarse del mundo que había soñado”.  Entre documento y narración pasional (aún cuando se trata de una pasión mortal como la ceguera por el oro), Ursúa es el viaje por una América ensangrentada y estafada, donde lo épico hace pactos con lo vulgar y los héroes son también mártires de su propia causa.

sábado, 22 de marzo de 2014

CIUDAD DE LA FURIA


Por Nicolás Caresano

En el punto más al norte de México, y en una de sus ciudades más violentas, un policía desciende a un puesto raso: colocar las cintas de advertencias alrededor de las escenas del crimen. Aun si es monótona y aburrida, cumple satisfactoriamente su nueva tarea, de enorme demanda en una ciudad que es parte de la ruta para el tráfico de droga hacia los Estados Unidos. Un día vuelve de poner la cinta a un triple homicidio y recibe un llamado a su celular. Súbito mediador en el narcotráfico juarense, Pablo Faraón González se verá obligado a cooperar con una de las organizaciones de mayor influencia en el estado.
            "El amarillo", como lo llaman irónicamente a causa de las cintas que coloca, comenzará a lidiar con el "Atoto", líder del grupo de los de la Regla, caracterizados por dejar recipientes con leche en cada asesinato que cometen. Las contiendas contra sus enemigos, los del Chavo Gaitán, están dando más bajas de las deseadas, y necesitarán de Faraón González para llegar a un armisticio.
            Como los pueblos esquimales, que tienen más de una docena de palabras para designar su entorno más familiar que es la nieve, el amarillo rezuma en su relato percepciones de distancias, tiempos, peligros (“trece escenas acordonadas”, “cinco cabezas encontradas”, “doce veces tuve que cambiar mi parte policiaco”, “faltan treinta y cinco minutos para (...)”, “cada quincena (…)”. Todo esto, en una voz vernácula y llena de giros que registran cada uno de los matices de la historia, desde la violencia y las presiones hasta la historia de amor que surge entre Pablo y su compañera de trabajo.
            Policía de Ciudad Juárez es la primera novela de Miguel Ángel Chávez Díaz de León, que antes de comenzar a escribir en prosa publicó cinco libros de poesía reunidos, desde el 2009, en un solo tomo (Obra reunida), y traducidos al inglés y al italiano. Díaz de León tiene además una carrera como periodista, por la cual fue premiado en el 2008.



Policía de Ciudad Juárez
Miguel Ángel Chávez Díaz de León
Edición 2012
Por Océano

En 154 páginas

jueves, 6 de febrero de 2014

EL SER Y LA NÁUSEA



Tener más de una opción y flotar en indeterminaciones hasta la náusea: ser. 

Tener un solo camino que asegure adelante o atrás: no ser. 

La náusea es el diario de un hombre que se siente obligado a vivir y por momentos no encuentra el sentido de nada en absoluto. Es el diario de Antoine Roquentin y de su introspección hasta la locura, pero no una locura estridente, una silenciosa y lenta. Una locura que fácil puede ser lucidez.

No necesito hacer frases. Escribo para poner en claro ciertas circunstancias. Desconfiar de la literatura. Hay que escribirlo todo al correr de la pluma, sin buscar las palabras.

Antoine trabaja en una investigación  académica, en su diario y sólo sale a cafés o a la biblioteca. Su vida parece fácil y tranquila, pero existir lo atormenta.

El cuerpo, una vez que ha empezado, vive solo. Pero soy yo quien continúa, quien desenvuelve el pensamiento. Existo. Pienso que existo. ¡Oh, qué larga serpentina es esa sensación de existir! Y la desenvuelvo muy despacito... ¡Si pudiera dejar de pensar! Intento, lo consigo: me parece que la cabeza se me llena de humo... y vuelve a empezar: "Humo... no pensar... No quiero pensar. No tengo que pensar que no quiero pensar. Porque es un pensamiento". ¿Entonces no se acabará nunca?

Cada vez que piensa la existencia con detenimiento (la suya y la de todos los seres y objetos), se siente mareado y aparece la náusea. Entonces, todo su cuerpo es una sensación de asco.

La existencia no es algo que se deja pensar de lejos: es preciso que nos invada bruscamente, que se detenga sobre nosotros, que pese sobre nuestro corazón como una gran bestia inmóvil; si no, no hay absolutamente nada.

Antoine tiene una esperanza: Annie, un viejo romance tortuoso pero que lo mantiene alerta y le da una razón para existir. Pero Annie es mejor en el recuerdo que en persona, y su reaparición trae consigo más náuseas. Ella es el goce: cuando se concreta la libertad y placer desaparecen.

El cuerpo, una vez que ha empezado, vive solo. Pero soy yo quien continúa, quien desenvuelve el pensamiento. Existo. Pienso que existo. ¡Oh, qué larga serpentina es esa sensación de existir! Y la desenvuelvo muy despacito... ¡Si pudiera dejar de pensar! Intento, lo consigo: me parece que la cabeza se me llena de humo... y vuelve a empezar: "Humo... no pensar... No quiero pensar. No tengo que pensar que no quiero pensar. Porque es un pensamiento". ¿Entonces no se acabará nunca?


La náusea
La nausée (1946)
De Jean-Paul Sartre
Edición 2008
Por Losada 
En 290 páginas

lunes, 23 de diciembre de 2013

LAS MUJERES DE CLARICE LISPECTOR

Por Daria Morgendorfer
Todas las subversiones juntas aparecen en los relatos de Clarice Lispector.
Para empezar sus protagonistas son mujeres. Mujeres madres, monjas, amantes, putas. Ningún rol queda afuera. Mujeres en todas sus variantes: jóvenes, mayores. Encontramos mujeres asesinas, celosas, posesivas. El amor romántico en este sentido no es cuestionado, sino más bien es reafirmado en el asesinato de un hombre en manos de dos mujeres.¿Empoderamiento de la mujer en todo sentido? ¿Qué nos quiere decir Clarice a partir de ese asesinato? ¿Que nosotras también somos capaces de matar, de “asesinar por amor”? Mujeres fuertes, autónomas, autosuficientes. Hay de todo. Los roles de género femenino presentados son variopintos.
También encontramos mujeres cómplices, amigas, novias, hijas.
Al mismo tiempo hay mujeres bisexuales, ¿lesbianas?, putos y travestis. Mujeres con prácticas sexuales (lisa y llanamente).
Las mujeres y su sexualidad están tematizadas a lo largo de los cuentos reunidos en “El vía crucis del cuerpo”. Allí aparecen mujeres castas, ardientes de deseo, pecadoras… La sexualidad, la virginidad, la pureza, los deseos, las putas, la masturbación, el goce, la satisfacción, la inmaculada concepción. Todos estos temas son abordados sin pelos en la lengua, en primera persona o tercera, abiertamente, en una fuerte apuesta por descontruir el tabú alrededor de la sexualidad, pero no solo de la sexualidad en términos generales, sino la femenina en particular alrededor de la cual el tabú es aún mayor. La apuesta por la visibilización de las mujeres es en diferentes sentidos al tematizar tanto los roles de géneros como la sexualidad.
Hay una búsqueda permanente, hay desconocimiento y reconocimiento del propio cuerpo y del deseo.

Clarice Lispector
El vía crucis del cuerpo
160 páginas
Corregidor

martes, 26 de noviembre de 2013

LA LEY DEL DESEO



Hubo una vez un narrador que se asomaba apenas y contaba al lector que “había quedado, medio agachado, en una posición poco elegante, refugiado tras las cortinas y las persianas, mirando por la rendija, amariconadamente escondido, pero sujeto a la vida al fin y al cabo”. Era 2003. Cristian Alarcón había llegado a la villa donde años atrás caminaba Víctor “El Frente” Vital  y ahora estaban los sin códigos, como Brian, que enloquecido no paraba de tirotearse con cualquiera que se pusiera delante. En ese momento, Cristian se refugió de la balacera en una casilla y miraba de costado al fotógrafo Alfredo Srur, mientras consolaba a un nene de seis años que no paraba de temblar.

Pasaron los años y el cronista se movió de zona norte al Bajo Flores, para armar un árbol genealógico de los transas y sus formas. “Primer tiro en la pierna, segundo tiro en la cabeza”. Ahora, secundado en la investigación por Laureano Barrera, Cristian hizo una apuesta estética diferente: apropiarse la voz de mercaderes de cocaína, mulas, malevas o ex-senderos luminosos. Es en los monólogos de Teodoro Reyes, Nancy Andrade, Luis Valdivia, Niki Lauda; donde Alarcón siente la necesidad de que aquello que se dice sea dicho por sus propios personajes, dueños de un discurso tan propio como independiente de aquel que los narre. El uso de la construcción sintáctica y la elección gramatical, como mecanismo para anunciar una forma de vida.

Si me querés, quereme transa, tiene sobre todo un monólogo que cuando aparece destaca entre los demás: el de Cristian Alarcón. En algún  lugar donde “la tarde parecía hecha para el fin del mundo, un espectro de tarde que se debatía entre la lluvia y el viento desaforado”, el cronista que quería investigar para sus notas y su posible libro rompe las reglas de la distancia y se vuelve parte del árbol genealógico. Su ahijado, Pablito, es la prueba de lo que la escritura le significa, en ese mundo religioso donde al principio también es el verbo y el adjetivo cuando no da vida mata.

En algún momento entre 2011 y 2012, Cristian deja de salir a buscar trama para convertir su vida en relato semanal para la revista Debate. Así, algunas de las crónicas desorganizadas en Un mar de castillos peronistas ni siquiera parecen crónicas. Se las podría llamar aguafuertes. Relatos, prefiere Saccomanno.

La información no está en primer plano, lo que importa en estas crónicas relatos aguafuertes, es que a Cristian no lo tome esa puntada en el hígado, que sale con un sonido rasposo por la boca: su famoso “Me aburro”.

Bajo esta regla, el alimento, que es una forma de felicidad, aparece seguido: tres kilos de pulpo, asado peronista y donas en la Patagonia; huevos estrellados, salmón con hierbas, jamón y chorizo en Barcelona; empanadas rellenas de papa y ajiaco santaferino (mezquino en alcaparras pero delicioso igual), en Colombia. En Río de Janeiro, primero el pulpo en salsa que se deshace en la boca, luego el cabrito asado y para otro día el jabalí.

En medio de los bacanales, puede aparecer Gabi Profe como del más allá: “Nadie tan brutal como ella”. Gabi, es la personal trainer encargada de domar a un grupo de “hombres y mujeres dispuestos a cambiar su vida a pesar de sus parrandas, de sus noches insomnes”.  El Grupo Patti Smith del Parque Lezama suena a delirio desde el nombre, capaz de inventar cualquier historia (relatos de cinturongas, cocoons y un Carlos Monsiváis criollo), para olvidar esa palabra temida por algunos artistas: deporte.
     
El día que Cristian quiso armar una antología de sus publicaciones, una rueda de madera que tenía por mesa en el living de su casa quedó cubierta de papeles, diarios y revistas. En un momento Cristian empezó a transpirar, y para escaparse un rato fue hasta la panadería. Volvió y la pila de veinte años en los medios seguía ahí. Se fue una segunda vez, a la psicoanalista, y habló de lo que le pasaba: nunca había visto sus producciones escritas -siempre a velocidad de cierre- todas juntas. Volvió a la noche. Los papeles estaban mezclados, desorganizados y así decidió llamarlos. La editora de Marea, Constanza Brunet, quería publicarlo todo, no veía desperdicio; pero después accedió a la selección con la idea fija de que vendrían más.

Y probablemente vengan, porque los que están cerca de Cristian conocen su vicio de hacer literatura con el instante: una pulsión crónica. La ley del deseo. El éxtasis de dar la vuelta al mundo en la travesía del lenguaje.


jueves, 20 de junio de 2013

NOCTURNO EN QUE NADA SE OYE




En medio de un silencio desierto como la calle antes del crimen
sin respirar siquiera para que nada turbe mi muerte
en esta soledad sin paredes
al tiempo que huyeron los ángulos
en la tumba del lecho dejo mi estatua sin sangre
para salir en un momento tan lento
en un interminable descenso
sin brazos que tender
sin dedos para alcanzar la escala que cae de un piano invisible
sin más que una mirada y una voz
que no recuerdan haber salido de ojos y labios
¿qué son labios? ¿qué son miradas que son labios?
Y mi voz ya no es mía
dentro del agua que no moja
dentro del aire de vidrio
dentro del fuego lívido que corta como el grito
Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro
cae mi voz
y mi voz que madura
y mi voz quemadura
y mi bosque madura
y mi voz quema dura
como el hielo de vidrio
como el grito de hielo
aquí en el caracol de la oreja
el latido de un mar en el que no sé nada
en el que no se nada
porque he dejado pies y brazos en la orilla
siento caer fuera de mí la red de mis nervios
mas huye todo como el pez que se da cuenta
hasta ciento en el pulso de mis sienes
muda telegrafía a la que nadie responde
porque el sueño y la muerte nada tienen ya que decirse

XAVIER VILLAURUTIA


viernes, 14 de junio de 2013

LA MARIPOSA Y LA IGUANA



Niña cándida
pequeña erótica iletrada llena de palabras
llamas, siempre nostalgia,
a los brazos de mi casa.

Porque son las quimeras de la madrugada,
pequeña perversa cándida,
calla. Calla.

Que me engarza a la vida un tímpano en la garganta
Que el vértigo soy yo
Soy carcajada
Soy el azar bailando en una pata.

Leticia Hernando, de La Alegría del Desarreglo



Si se pudiera pedir el sol como se pide un café.

Desayuno a solas con el tiempo
(implacable el tiempo, a la hora de respirar)

Te digo palabras para que dejes de creer en mí:
digo abejita succionando una flor,
luna en tu sombra,
agua que te quema,
digo canción.

Te entregaría mi sangre a cambio de tus miedos.

-A veces el amor
no es asunto de los muertos.

Dafne Pidemunt, La avidez del silencio

martes, 9 de abril de 2013

SEXO ES POLÍTICA



La identidad queer podría aplicarse a todas las personas que alguna vez se han sentido fuera de lugar ante las restricciones de la heterosexualidad y de los papeles de género. Es así que cuando alguien se define como queer sea imposible deducir su tendencia, a la vez que una definición rompería el espíritu de lo que esencialmente es. Lo queer nace como insulto y como batalla dialéctica. Del grito conservador que lo usa como “raro” o “sos una mierda”, a la resignificación que nació con los primeros grupos activistas sexuales de los 70 (como el ACT UP de San Francisco o las feministas radicales de la Costa Oeste), que se apropiaron del término poniendo su dosis de orgullo. Acá, en la Argentina, militantes de género como Marlene Wayar prefieren territorializar el anglicismo y trasladarlo a las realidades latinoamericanas, para hablar directamente de identidades trans.

 Para cualquier novato en esta teoría  –como el que escribe-, en la primera lectura el Manifiesto contrasexual de Beatriz Preciado puede parecer una obra de ciencia ficción. Estas páginas se dan en un territorio habitado por personas como máquinas que avanzan con dildos en sus cabezas, brazos, piernas y viven una aventura dildotécnica.

El término contrasexualidad también lo usa Judith Butler en El género en disputa, y refiere a “un análisis crítico de la diferencia de género y sexo, producto del contrato social heterocentrado, cuyas performatividades normativas han sido inscriptas en los cuerpos como verdades biológicas”. Aunque lo contrasexual proviene indirectamente de Foucault, para el que la forma más eficaz de resistencia a la disciplina de género  no es la lucha contra la prohibición sino la contraproductividad, la producción de técnicas de placer-saber alternativas a la sexualidad moderna.

El Manifiesto de Preciado funda una nueva sociedad, contrasexual, y lo determina así de manera negativa (“deconstrucción sistemática de la naturalización de las prácticas sexuales y del sistema de género”) y positiva (“proclama la equivalencia (y no la igualdad) de todos los cuerpos-sujetos hablantes que se comprometen”).  Y lo hace con artículos, reglas, ejercicios e incluso un contrato para los hombres y mujeres que estén dispuestos a renunciar a su género, asumiendo como territorio erógeno la totalidad del cuerpo y dividiendo a las actividades sexuales de las prácticas de reproducción.

En esta sociedad se habla del sexo como tecnología política, ahí donde el sistema heterosexual tiene implementado un método de fragmentación en el cuerpo, con centros  definidos como naturales para diferenciar lo sexual. A esta altura del libro, la sociedad de Preciado no es ninguna ciencia ficción: la estructura heteronormativa determinó que el sexo está en el pene y la vagina, y que el placer también allí, así se matan dos posibilidades de un tiro –la de construir un género y la de sentir placer más allá de la reproducción. Para esta visión, “los trabajadores del ano serán los nuevos proletarios de una posible revolución contrasexual”.   

 Las posibles armas constrasexuales serán los dildos, vibradores, cinturongas y todo instrumento que explote la evidencia de la artificialidad a la hora de construir lo erógeno. Pero cuando la superficialidad de los instrumentos ya no sea necesaria, el cuerpo mismo tendrá el valor de dildo, lo erógeno será pura tecnología y Preciado da algunos tips para las experiencias dildotécnicas iniciales: 1) Citación de un dildo sobre unos zapatos con tacones de aguja, seguida de una autopenetración anal  2) Masturbar un brazo: citación de un dildo sobre un antebrazo 3) Cómo hacer gozar a un dildo-cabeza: citación de un dildo sobre una cabeza.

En una conferencia, Preciado cuenta que estaba dando una clase de arquitectura y sus alumnos le dijeron que si el cuerpo era una construcción, de qué tipo de construcción se trataba, y fue entonces que profundizó sus estudios queer. 

Manifiesto contrasexual tiene sobre todo ironía: se saltea debates que considera vencidos y va más allá en la búsqueda de la contrasexualidad y la deconstrucción de género. Dialoga todo el tiempo con el Anti-Edipo de la dupla Deleuze-Guattari, con Foucault, Monique Wittig, Judith Butler y Jacques Derrida entre muchos otros. Polémica por aplicarse testosterona en público y presentarse en sociedad con bigotes, Preciado está en estos momentos en otro lugar de la teoría, lejos de la aparición del Manifiesto en el año 2000. De todas formas, el texto ya es un clásico para iniciarse en la política más importante que tenemos: el sexo.

                                             

sábado, 30 de marzo de 2013

LAS FORMAS DE LA MUERTE




Nietzsche habla de oscuras relaciones de poder que inventaron la moral: no porque a alguien le importase acercarse al bien (que sería otro invento), sino porque la moral es un juego que nos permite sobrevivir. Más allá del bien y del mal está lo verdadero, mientras para el intelecto la verdad en sí no tiene lugar.

La campana de cristal de Sylvia Plath repasa las formas en las que una joven trató de matarse, del pozo cruel de la terapia con electro-shocks y de una chica con habilidades ejemplares para los estudios. ¿Qué sentido tiene en el arte una obra que se revuelca con la muerte? El mismo que una que brota de vida. El valor está en la pasión y la forma.

Se necesitarían dos movimientos. Una muñeca, luego la otra. Tres movimientos si se contaba el cambiar la hoja de afeitar de una mano a otra. Entonces me metería en la bañadera y me echaría.
Publicada en 1963 con el seudónimo de Victoria Lucas, la novela tiene incontables paralelos con la vida de Plath, que se suicidó a los 31 años portadora de trastornos de bipolaridad, patología que no estaba diagnosticada en su época. Así, lo que no lograba en La campana de cristal Esther Greenwood, sí lo haría su creadora.

Cada vez que conseguía apretar la cuerda hasta el punto de sentir un agolpamiento de sangre en las orejas y un flujo de sangre en la cara, mis manos se debilitaban y dejaban escapar el nudo y me ponía bien nuevamente.
Casi todos acostumbrados a que la vida es la verdad y que la muerte debe rechazarse. ¿Por qué?, ¿sobrevivir? Otra vez Nietzsche: no nos importa la verdad sino sobrevivir.

Por eso vale la pena La campana de cristal. Porque da una voz a los suicidas y, de esta manera, una voz a lo que, entre paréntesis, no debe ser. 


Si vamos a seguir viviendo es necesario preguntarse cuál es la razón.
¿Cómo podría yo saber si algún día en la universidad, en Europa, en algún lugar, en cualquier lugar, la campana de cristal con sus asfixiantes distorsiones, no volvería a descender?
Aunque no tengamos respuestas (así como no podemos cognocer la verdad), evitar hablar de la muerte no nos libra de ella. Cuestionarnos para qué vivimos puede ser vivir más.


La campana de cristal The Bell Jar (1963)
De Sylvia Plath
Por Edhasa
Edición 2007
En 381 páginas

sábado, 16 de marzo de 2013

REUNIÓN CUMBRE

Juan Antonio Vasco y Mario Trejo
                                                                      
Orgasmo
                                                                       Breve vida feliz
                                                                       Breve muerte feliz
                                                                                  Mario Trejo

Conocí a Mario Trejo en un cumpleaños de Clara Fernández Moreno. Él casi no veía, pero convivía con algunas sombras de los que tenía en frente y me dijo: ¡Qué te andás tocando delante de todos! Yo tenía pantalones chupín y el trabajo que me daba sacar el celular de uno de los bolsillos (unos movimientos que me hicieron levantar y hacer un trabajo mano-pierna-cadera), lograron que uno de los disparos de ironía de Trejo me diera justo en la comisura, haciéndome reír solo de un lado, como los cómplices. Yo tenía 21, él 70 y x largos (las biografías cambian su fecha y lugar de nacimiento).  De ninguna manera siguió conmigo, se ocupó con la ronda de poetas que tomaba vino y disparó a cada uno: nadie salió vivo de la seducción de Trejo.  

Otra noche –en el festejo de los 80 de Clara- volví a estar con él y pudimos charlar mucho más. Trejo ni veía las sombras y me palpó: me tocó el pelo, la nariz, el cuello y los hombros. Le llamaba notablemente la atención el tono de mi voz, y me asignó varias nacionalidades: chileno, paraguayo, español o mexicano, ¿¡qué sos!? ¡Soy de Mar del Plata! Un chico que se ocupaba del vino no dejaba que nadie viera el fondo de las copas, y esa vez nos emborrachamos tanto que no me acuerdo nada de lo que hablamos, pero tengo de trofeo un ejemplar de Los pájaros perdidos dedicado, que firmó con la ayuda de Fernanda (su gran compañera y amor).

Después lo llamé algunas veces por teléfono, para saludarlo y porque me había sumergido en una investigación sobre el movimiento Poesía Buenos Aires. La última vez que hablamos, me atendió Fernanda, y la voz de Trejo, que estaba silencioso escuchándolo todo desde otra línea, apareció: ¡Estás muy desorbitado del mundo que te rodea. Andate a leer más y después llamame! En los meses siguientes nunca sentí que había leído lo suficiente. No tuve energías para escucharlo, fui cobarde y no lo llamé. Quizá necesite el tiempo de una vida para poder dirigirme a él otra vez. Mientras, escribo.
                                                                      
*

Cuando estaba trabajando en un perfil de Clara Fernández Moreno para la Universidad de La Plata, conocí a un poeta genial, su marido, Juan Antonio Vasco. También padre de mi hermana del alma, Clara Vasco, y de Carmen, una amiga. El relato en primera persona que había recibido de Juan aparecía siempre trazado con la tinta de la pena: sus últimos 14 años los pasó con una parálisis general que no le impidió seguir dedicado a sus escritos. Mientras su cuerpo estaba inmóvil las ideas seguían fluyendo, y el entorno familiar vivía las sensaciones encontradas de quien ama y a la vez se siente absorbido. Aunque, en este caso, sobre todo ama.  


Entonces, un día lo leí y me encontré con un poeta inesperado, surrealista, latinoamericano, con versos que cuelgan de palmeras y tienen el son del cuatro venezolano (vivió 14 años en Venezula), pintor de un barroco tropical de donde salen joropos y guajiras entre flores silvestres -únicas y delicadas como orquídeas de plata, bronce y mil cobres. Ahora, cuando me dicen Juan Antonio Vasco no lo relaciono con la pena, aunque cargo la nostalgia de no haber podido tomar un vino con él, que seguirá siendo primero el padre de mi hermana del alma Clara, y segundo un gran poeta surrealista.

                                                           *

Ayer la reunión cumbre de Juan Antonio Vasco y Mario Trejo fue en la Biblioteca Nacional. Mariano Schuster y Reynaldo Sietecase presentaron Ley de vida, un inédito de Trejo, y dijeron cosas como “sus versos están hechos para que los poetas salgan a pintarlos en los muros” y “sus poemas son como un chip, preparados para impactar al lector en unos segundos”.
Eduardo Espósito, Clara y Carmen Vasco presentaron la obra poética de Juan Antonio (por primera vez reunidas sus seis publicaciones en un tomo), y se dedicaron sobre todo a la lectura. Al final sonó el arpa, el cuatro y las maracas, hubo vino: me fui con la sensación de haber sido parte de una poesía que estos dos delinearon desde otro lugar.




Juan Antonio Vasco:


Clara es un robot frenético
Se disfraza de mujer con misteriosa habilidad pero es un robot de la peor especie.

Lo adviertes cuando se acomoda los rizos con tubos de cartón tripas de rollo de papel toilette.

Si se traba chirría y hasta que no le quitas de la máquina el cuerpo extraño no vuelve a sus modales de ameba servicial.

Se sabe que cultiva lábiles intenciones contra cualquier sistema y eso le proporciona su ternura de rosada mucosa que no permite escapatoria.

Si la amas chapúzala en la vida para verla alborotar peinarse y arrojarse como un calamar herido por sobre casi todo lo que existe.


Mario Trejo:

La oscuridad de las calles se debía a algo más que la noche, dijo Chandler. Y nosotros íbamos como perros de la calle detrás del LSD: lecturas, sexo, droga.
                                                          
*

No hay nada más honesto que la necesidad.

                                                           *

-¿A qué edad murió?
-Vivió catorce mil trescientos veinte orgasmos.
                                                          
                                                          



Ley de vida
De Mario Trejo
Por Ediciones en Danza
En 2012
En 84 páginas

Obra poética
De Juan Antonio Vasco
Por Ediciones en Danza
En 2012
En 300 páginas