viernes, 12 de febrero de 2016

                                             
“Luc comprendió entonces y sintió un inmenso alivio. Todo lo que había ocurrido desde las cuatro de la mañana, la llamada telefónica de Cottin, el incendio, las heridas de Florence, los sacos grises, Jean-Claude en la unidad de quemados graves, y aquella historia de crímenes, por último, todo aquello se había desarrollado con una verosimilitud perfecta, una impresión de realidad que no daba pá- bulo a la sospecha, pero ahora, gracias a Dios, el guión de los hechos desvariaba, revelaba lo que era: una pesadilla. Iba a despertarse en la cama. Se preguntó si se acordaría de todo y si se atrevería a contárselo a Jean-Claude. «He soñado que tu casa se incendiaba, que tu mujer, tus hijos y tus padres habían muerto asesinados, que tú estabas en coma y que en la OMS nadie te conocía.» ¿Acaso se puede decir eso a un amigo, aunque sea tu mejor amigo? A Luc se le pasó por la cabeza la idea que habría de obsesionarle más adelante, la de que en ese sueño Jean-Claude interpretaba un papel de doble, y de que afloraban a la luz temores que él experimentaba respecto a sí mismo: miedo de perder a los suyos, pero también de perderse él mismo, de descubrir que detrás de la fachada social no había nada”.
“Cuando hablaban de él a horas tardías de la noche, ya no conseguían llamarle Jean-Claude. Tampoco le llamaban Romand. Estaba en alguna parte fuera de la vida, fuera de la muerte, no tenía nombre”.

El adversario
Emmanuel Carrère
Anagrama
172 páginas
2000

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