martes, 9 de febrero de 2016



“Se recostó contra el auto y terminó el cigarrillo con pitadas profundas. A él no le interesaban los pensamientos elevados. La religión era cosa de mujeres y de débiles. El bien y el mal eran cosa de todos los días y de este mundo, cosas concretas a las que uno podía poner el cuerpo.
La religión, creía él, era una manera de desentenderse de las responsabilidades. Escudarse en dios, quedarse esperando que a uno lo rescaten, o echarle la culpa al diablo por las cosas malas que uno era capaz de hacer”.

Selva Almada
El viento que arrasa
Mardulce Editora
168 páginas
2012

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