sábado, 23 de mayo de 2015

David Foster Wallace, el grunge y una broma infinita


David Foster Wallace llega a la entrevista con un pañuelo en la cabeza que tiene estampas tribales. No es el único modelo que usa, amontona bandanas desde que estudiaba en Tucson, “cuando la temperatura era de 38 grados todo el tiempo y transpiraba tanto que chorreaba en las páginas”.  

-Qué se siente ser famoso –le dice Matthew Gilvert, del grupo New York Times.

-Puedo fingir como si me sintiera de una sola manera, aunque la realidad es que me siento de unas treinta y cinco maneras diferentes –contesta Wallace, 1.89 centímetros, remera con agujeros de polillas.

-Bueno, decime las primeras cuatro sensaciones -pacta Gilvert, sujeto a los caracteres de la doble página asignada por el Boston Glove.

Entonces corre 1997 y Wallace está en la máquina publicitaria norteamericana porque acaba de publicar La Broma Infinita, de 1079 páginas y 338 notas al pie: una obra que algunos críticos leyeron como “La grunge novela americana”, en años en los que Nirvana o Pearl Jam eran el “grunge musical” y Reality Bites con Winona Ryder a la cabeza era el “grunge cinéfilo”. Todo un imperio convulsionado de excesos sintéticos donde la vida joven solía ser grunge: un estilo inspirado en los no estilos.
-Sensación número cuatro: una ironía exquisita –dice Wallace- ya que buena parte del libro va sobre la publicidad y el efecto y la posición. Por lo que se trata de una enorme broma cósmica.


David Foster Wallace nació en 1962 en Nueva York y creció en una ciudad menor de Illinois, un estado del llamado Midwest norteamericano conocido por tener a Chicago al norte y ser la “tierra de Lincoln”. Su hogar fue académico. El padre enseñaba filosofía en la universidad y su madre daba lengua inglesa en la facultad pública. Como una de las estampas de su niñez, cuando había un conflicto familiar se comunicaban por cartas que se pasaban por debajo de las puertas, ya que su madre era muy sensible y la irritaban los choques verbales. También Wallace recordó en una entrevista que junto a su hermana menor Sally, cuando eran niños, escuchaban los recitados nocturnos de sus padres del Ulises de Joyce desde la cama.

En la adolescencia Wallace fue un apasionado de la filosofía, la lógica, la literatura y el tenis. Manuel Puig y Julio Cortázar son nombres que aparecen entre sus primeras lecturas como autores que lo inspiraban y que producían un “clic”, una especie de zumbido que persiguía y se le presentaba como una revelación científica, un momento donde las cosas encajaban y hacían el ruido natural de los mecanismos: “Fue una verdadera suerte que justo cuando dejaba de ser capaz de lograr el ‘clic’ con la lógica matemática empezara a obtenerlo con la ficción”, dijo una vez.

A los 21 años se acercó a la escritura a pesar de sus prejuicios, “principalmente a causa de todos los estetas afectados que en la facultad llevaban boinas y se acariciaban las barbillas”.

Decir joven prodigio es decir inadaptación a entornos habituados a la inteligencia media.  Decir Wallace es obtener una doble licenciatura en lengua inglesa y filosofía a los 22 años, especializarse en lógica modal y escribir como tesis una novela de 500 páginas llamada “La escoba del sistema”. También sufrir el éxito y tomar drogas para bajar la ansiedad de un trip que fue  de las pastillas a la fast-shock-rehab. ¿Hay sexo? No se sabe. Hay delirios. Pero sobre todo una agobiante erudición, tanta que se vuelve una carga para cualquier joven fastidioso de profesores con los que discute por conocer más teorías que ellos.

  …

Hay que saberlo: Wallace se suicidó en 2008 a los 46 años. Se colgó en el estudio de la casa  donde vivía con sus padres desde que la depresión crónica, esa que apareció en la adolescencia, se volvió una cápsula de tormenta incrustada en el cerebro a toda hora. Un taladro que chilla. En esos años daba clases y había decidido experimentar un tiempo sin medicación, lo que no resultó porque cuando volvió con el Nardil ya no funcionaba, algo común con algunos antidepresivos que el paciente deja y cuando retoma pierden lo eficaz. Wallace había bajado 30 kilos y tenía miedo de salir porque pensaba “¿qué pasa si me encuentro con uno de mis alumnos?”. Antes de colgarse, dejó sobre el escritorio 1700 hojas de su novela inconclusa El rey pálido (mecanografiada a dos dedos) y le dio un beso a sus perros, según imagina su hermana, que fue la que lo encontró colgando en la oscuridad total de un cuarto negro. Wallace se suicidó y hay que saberlo, pero ese dato biográfico no es una clave de lectura obligatoria.

Sí. En un artículo para la revista literaria Amherst escribió esto: “Tu eres tu propia enfermedad. Te das cuenta cuando miras en el agujero negro y éste lleva tu cara. Cuando la Enfermedad simplemente te devora por completo, o más bien cuando simplemente te devoras a ti mismo. Cuando te matas”. Y otra vez, en La broma infinita: “Si a una persona con dolor físico le resulta difícil prestar atención a cualquier cosa que no sea el dolor, una persona clínicamente deprimida no puede ni siquiera percibir a ninguna otra persona o cosa como independiente del dolor universal que la digiere célula a célula. Todo es parte del problema y no hay solución. Es un infierno”.

Pero la trama de sus narrativas también puede ser diferente, una mirada al mundo fast-food religion con una lengua hipercrítica que mastica las french fries y a la vez lee el catálogo de grasas saturadas y los países lejanos donde se cultivan las papas y el biodiesel que se produce con el aceite usado. “Su vida fue una búsqueda de información, un recopilar cómos y porqués” escribió  David Lipsky, autor de una biografía de cinco días de viaje con Wallace. Lipsky, que es de las filas de las Rolling Stone´s interviews, también dijo que en sus “últimos días David y sus padres se levantaban a las seis de la mañana, paseaban a los perros y después miraban dvds de The Wire”.

Wallace creó una teoría donde la mayúscula tiene un sentido particular que franja al realismo del  Realismo. Entre estas corrientes de “impresionistas narrativos”, él se coloca entre los de la “r” minúscula para “encarar e interpretar aspectos reales de experiencias reales que anteriormente han estado excluidas del arte”. Antagónicos, los Realistas serían aquellos que no asumen que “el realismo es una ilusión del realismo” y pueden pasar decenas de páginas describiendo un objeto para llegar a su imagen “real”.


Un día, quizá mientras cruzaba el puente que une Brooklyn y Nueva York hasta la redacción de la revista Harper’s, el editor Colin Harrison tuvo la idea anfibia de que Wallace fuera a los lugares más auténticamente americanos, los mirara, los detallara, les aplicara sus conocimientos de lógica y matemática e incluso le pusiera sus obsesivas aclaraciones al pie de página. El truco, “estaba en hacerlo sincero aunque también interesante, ya que la mayoría de nuestros pensamientos no son interesantes. Ser sincero con un motivo”, dijoWallace.

En la antología periodística Hablemos de langostas el narrador se dice “¿está bien hervir a una criatura viva y sensible solo para nuestro placer gustativo?”, y lo hace entre contingentes autómatas que devoran cualquier variante langostina. También va a un festival de cine porno donde una de las categorías es “Mejor película de temática anal”. Y lo hace otra vez en un artículo donde narra siete días en la candidatura a presidencia de John McCain para la revista Rolling Stone.

Quizá el texto más desquiciado del libro es una enorme sumatoria de notas que salen de más notas: Presentador. El tema del relato tal vez pase desapercibido, pero su lógica es lo más cercano en papel al hipervínculo de la escritura online, que suma todos los recursos del salto para formar unidades no lineales, a la mejor Rayuela.

Junto a Tomas Pynchon y Jonathan Franzen (que era íntimo amigo y lo acompaño hasta sus últimos días) Wallace forma parte de varios cánones, pero el más particular es el de aparecer en Los Simpsons, donde uno de los capítulos parodia con Bart su crónica “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, en la que viaja sobre un crucero donde el paraíso y el infierno están demasiado cerca.

“Si hay algo distintivo en nuestra generación es que hemos sido macerados en medios de comunicación y marketing”, dijo Wallace y en seguida se puede pensar en Bret Easton Ellis, que lo llevó al extremo con una batería de páginas de American Psycho dedicadas a marcas comerciales.  

A los 41, Wallace se metió con el teorema de la incompletitud de Gödel y publicó Todo y Más: Una Historia Compacta del Infinito, que es un libro técnico sin traducción al castellano en donde Gödel es como el diablo de las matemáticas: “Él dijo soy una verdad indemostrable, y esa incertidumbre que les puso a las matemáticas forma parte de la incertidumbre en que vivimos”, dijo Wallace a un periodista que le preguntó si creía a sus lectores tan devotos como para acompañarlo en un ensayo matemático. La niña del pelo raro(para muchos el mejor y más accesible de sus libros) Entrevistas breves con hombres repulsivos y Extinción, completan su obra narrativallena una conciencia de sí que tiene tantas voces como una serpientes la medusa.

“Es cierto que Wallace era un caso de depresión, pero de la misma manera en que todos somos un caso: encerrados en nuestros cráneos y aislados de los demás, vivimos en mundos y más mundos de indominables, apiñadas sensaciones, emociones, actitudes, opiniones y –esa palabra de neutralidad que asusta– información”,  escribió cuando se enteró de la muerte de Wallace el novelista David Gates.

El libro Conversaciones con David Foster Wallace es un buen punto de partida para meterse en las opiniones de ese hombre denso y astuto que pensaba demasiado. La editorial Pálido Fuego tradujo unas 20 entrevistas desde sus comienzos como escritor hasta los últimos días y el resultado no es una biografía, sino el viaje inconstante de toda existencia en busca de sí, donde Wallace dice, más allá de las estéticas, que “el arte vital y prioritario es aquel que trata sobre lo que significa ser un ser humano”.

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