martes, 10 de febrero de 2015

URSÚA



Se cumplen 10 años de la publicación de Ursúa, de William Ospina, la primera de una trilogía que narra el saqueo de América por los europeos en la conquista. 


En 1533, Atahualpa, el último inca emperador del Perú, fue invitado por Francisco Pizarro a una reunión de paz donde pautarían la hermandad entre los recién llegados españoles y su pueblo. Para la ocasión, los incas se vistieron con ropa de gala y llevaron a Atahualpa sobre un tablón de oro forrado en plumas donde se alzaba un trono, también de oro, que se cubrió de sangre: esa tarde los soldados de la corona masacraron a siete mil nativos que avanzaban desarmados y cantando. Tiempo después y más al norte, en los dominios de Panamá y Colombia, un joven de familia noble desembarcaba con la poco original ilusión de encontrar un tesoro y vivir experiencias exóticas para luego contarlas en algún castillo europeo. Las atroces aventuras de ese conquistador llamado Pedro de Ursúa dan nombre y son narradas en Ursúala primera de una trilogía de las Américas escrita por el colombiano William Ospina.
Ursúa se mueve en un mundo que a falta de precisiones cartográficas abunda en territorios imaginarios. Están Eldorado, El templo del Sol, el País de la Canela y la ciudad de Manoa: labrada en oro puro en medio de las selvas, con ríos atravesados por embarcaciones de oro y “grandes efigies de pájaros, de serpientes y de monos en oro macizo que asomaban por los salientes de las edificaciones”. Y como una ecuación truculenta, cuanto más áurea sea la esperanza del tesoro mayor es la crueldad, una experiencia detallada del sufrimiento donde no faltan los ejércitos poblados de perros entrenados para comer hombres ni las incontables traiciones a los nativos, para los que el oro tenía valor en cuanto su materia estaba amasada en la misma sustancia que el sol, siendo “la carne del dios en la tierra, la cara que puede mirarse”.
Con el paso de los años el joven español que llega con ánimos de aventuras se convierte en uno de los más ferales conquistadores, temido por los pueblos y honrado por la corona, que ve en su despiadado avance sobre paisajes inexplorados la posibilidad de incrementar el reino. Sobre este eje, uno de los puntos originales que diferencia a Ursúa de otras novelas históricas o crónicas de Indias es el narrador. Se trata de un mestizo con padre español y madre india que oculta su condición y está fascinado por Ursúa, después de que un día le salva la vida de un crimen vulgar que lo borraría de la historia sin pena ni gloria. Este narrador no oculta sus bajezas durante el relato, como tampoco exagera ni expone un discurso por fuera de la doble moral de aquellos que matan y torturan en nombre de Dios y de la salvación para los “pueblos salvajes”: es una voz que se sabe cobarde y tiene un héroe infame acorde a su esencia.
La precisión histórica de Ospina responde a una investigación que lo ocupó durante seis años entre cartas, poesías, crónicas y relatos de la época. El autor dice que todos los datos referidos parten de documentos verídicos, más allá de las licencias necesarias para hilvanar episodios que transcurrieron hace 500 años, y es ahí donde lo onírico aparece como una llave para hablar de Ursúa, que “a veces tenía sueños tan vívidos, que le costaba apartarse del mundo que había soñado”.  Entre documento y narración pasional (aún cuando se trata de una pasión mortal como la ceguera por el oro), Ursúa es el viaje por una América ensangrentada y estafada, donde lo épico hace pactos con lo vulgar y los héroes son también mártires de su propia causa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario