martes, 26 de noviembre de 2013

LA LEY DEL DESEO



Hubo una vez un narrador que se asomaba apenas y contaba al lector que “había quedado, medio agachado, en una posición poco elegante, refugiado tras las cortinas y las persianas, mirando por la rendija, amariconadamente escondido, pero sujeto a la vida al fin y al cabo”. Era 2003. Cristian Alarcón había llegado a la villa donde años atrás caminaba Víctor “El Frente” Vital  y ahora estaban los sin códigos, como Brian, que enloquecido no paraba de tirotearse con cualquiera que se pusiera delante. En ese momento, Cristian se refugió de la balacera en una casilla y miraba de costado al fotógrafo Alfredo Srur, mientras consolaba a un nene de seis años que no paraba de temblar.

Pasaron los años y el cronista se movió de zona norte al Bajo Flores, para armar un árbol genealógico de los transas y sus formas. “Primer tiro en la pierna, segundo tiro en la cabeza”. Ahora, secundado en la investigación por Laureano Barrera, Cristian hizo una apuesta estética diferente: apropiarse la voz de mercaderes de cocaína, mulas, malevas o ex-senderos luminosos. Es en los monólogos de Teodoro Reyes, Nancy Andrade, Luis Valdivia, Niki Lauda; donde Alarcón siente la necesidad de que aquello que se dice sea dicho por sus propios personajes, dueños de un discurso tan propio como independiente de aquel que los narre. El uso de la construcción sintáctica y la elección gramatical, como mecanismo para anunciar una forma de vida.

Si me querés, quereme transa, tiene sobre todo un monólogo que cuando aparece destaca entre los demás: el de Cristian Alarcón. En algún  lugar donde “la tarde parecía hecha para el fin del mundo, un espectro de tarde que se debatía entre la lluvia y el viento desaforado”, el cronista que quería investigar para sus notas y su posible libro rompe las reglas de la distancia y se vuelve parte del árbol genealógico. Su ahijado, Pablito, es la prueba de lo que la escritura le significa, en ese mundo religioso donde al principio también es el verbo y el adjetivo cuando no da vida mata.

En algún momento entre 2011 y 2012, Cristian deja de salir a buscar trama para convertir su vida en relato semanal para la revista Debate. Así, algunas de las crónicas desorganizadas en Un mar de castillos peronistas ni siquiera parecen crónicas. Se las podría llamar aguafuertes. Relatos, prefiere Saccomanno.

La información no está en primer plano, lo que importa en estas crónicas relatos aguafuertes, es que a Cristian no lo tome esa puntada en el hígado, que sale con un sonido rasposo por la boca: su famoso “Me aburro”.

Bajo esta regla, el alimento, que es una forma de felicidad, aparece seguido: tres kilos de pulpo, asado peronista y donas en la Patagonia; huevos estrellados, salmón con hierbas, jamón y chorizo en Barcelona; empanadas rellenas de papa y ajiaco santaferino (mezquino en alcaparras pero delicioso igual), en Colombia. En Río de Janeiro, primero el pulpo en salsa que se deshace en la boca, luego el cabrito asado y para otro día el jabalí.

En medio de los bacanales, puede aparecer Gabi Profe como del más allá: “Nadie tan brutal como ella”. Gabi, es la personal trainer encargada de domar a un grupo de “hombres y mujeres dispuestos a cambiar su vida a pesar de sus parrandas, de sus noches insomnes”.  El Grupo Patti Smith del Parque Lezama suena a delirio desde el nombre, capaz de inventar cualquier historia (relatos de cinturongas, cocoons y un Carlos Monsiváis criollo), para olvidar esa palabra temida por algunos artistas: deporte.
     
El día que Cristian quiso armar una antología de sus publicaciones, una rueda de madera que tenía por mesa en el living de su casa quedó cubierta de papeles, diarios y revistas. En un momento Cristian empezó a transpirar, y para escaparse un rato fue hasta la panadería. Volvió y la pila de veinte años en los medios seguía ahí. Se fue una segunda vez, a la psicoanalista, y habló de lo que le pasaba: nunca había visto sus producciones escritas -siempre a velocidad de cierre- todas juntas. Volvió a la noche. Los papeles estaban mezclados, desorganizados y así decidió llamarlos. La editora de Marea, Constanza Brunet, quería publicarlo todo, no veía desperdicio; pero después accedió a la selección con la idea fija de que vendrían más.

Y probablemente vengan, porque los que están cerca de Cristian conocen su vicio de hacer literatura con el instante: una pulsión crónica. La ley del deseo. El éxtasis de dar la vuelta al mundo en la travesía del lenguaje.


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