martes, 9 de abril de 2013

SEXO ES POLÍTICA



La identidad queer podría aplicarse a todas las personas que alguna vez se han sentido fuera de lugar ante las restricciones de la heterosexualidad y de los papeles de género. Es así que cuando alguien se define como queer sea imposible deducir su tendencia, a la vez que una definición rompería el espíritu de lo que esencialmente es. Lo queer nace como insulto y como batalla dialéctica. Del grito conservador que lo usa como “raro” o “sos una mierda”, a la resignificación que nació con los primeros grupos activistas sexuales de los 70 (como el ACT UP de San Francisco o las feministas radicales de la Costa Oeste), que se apropiaron del término poniendo su dosis de orgullo. Acá, en la Argentina, militantes de género como Marlene Wayar prefieren territorializar el anglicismo y trasladarlo a las realidades latinoamericanas, para hablar directamente de identidades trans.

 Para cualquier novato en esta teoría  –como el que escribe-, en la primera lectura el Manifiesto contrasexual de Beatriz Preciado puede parecer una obra de ciencia ficción. Estas páginas se dan en un territorio habitado por personas como máquinas que avanzan con dildos en sus cabezas, brazos, piernas y viven una aventura dildotécnica.

El término contrasexualidad también lo usa Judith Butler en El género en disputa, y refiere a “un análisis crítico de la diferencia de género y sexo, producto del contrato social heterocentrado, cuyas performatividades normativas han sido inscriptas en los cuerpos como verdades biológicas”. Aunque lo contrasexual proviene indirectamente de Foucault, para el que la forma más eficaz de resistencia a la disciplina de género  no es la lucha contra la prohibición sino la contraproductividad, la producción de técnicas de placer-saber alternativas a la sexualidad moderna.

El Manifiesto de Preciado funda una nueva sociedad, contrasexual, y lo determina así de manera negativa (“deconstrucción sistemática de la naturalización de las prácticas sexuales y del sistema de género”) y positiva (“proclama la equivalencia (y no la igualdad) de todos los cuerpos-sujetos hablantes que se comprometen”).  Y lo hace con artículos, reglas, ejercicios e incluso un contrato para los hombres y mujeres que estén dispuestos a renunciar a su género, asumiendo como territorio erógeno la totalidad del cuerpo y dividiendo a las actividades sexuales de las prácticas de reproducción.

En esta sociedad se habla del sexo como tecnología política, ahí donde el sistema heterosexual tiene implementado un método de fragmentación en el cuerpo, con centros  definidos como naturales para diferenciar lo sexual. A esta altura del libro, la sociedad de Preciado no es ninguna ciencia ficción: la estructura heteronormativa determinó que el sexo está en el pene y la vagina, y que el placer también allí, así se matan dos posibilidades de un tiro –la de construir un género y la de sentir placer más allá de la reproducción. Para esta visión, “los trabajadores del ano serán los nuevos proletarios de una posible revolución contrasexual”.   

 Las posibles armas constrasexuales serán los dildos, vibradores, cinturongas y todo instrumento que explote la evidencia de la artificialidad a la hora de construir lo erógeno. Pero cuando la superficialidad de los instrumentos ya no sea necesaria, el cuerpo mismo tendrá el valor de dildo, lo erógeno será pura tecnología y Preciado da algunos tips para las experiencias dildotécnicas iniciales: 1) Citación de un dildo sobre unos zapatos con tacones de aguja, seguida de una autopenetración anal  2) Masturbar un brazo: citación de un dildo sobre un antebrazo 3) Cómo hacer gozar a un dildo-cabeza: citación de un dildo sobre una cabeza.

En una conferencia, Preciado cuenta que estaba dando una clase de arquitectura y sus alumnos le dijeron que si el cuerpo era una construcción, de qué tipo de construcción se trataba, y fue entonces que profundizó sus estudios queer. 

Manifiesto contrasexual tiene sobre todo ironía: se saltea debates que considera vencidos y va más allá en la búsqueda de la contrasexualidad y la deconstrucción de género. Dialoga todo el tiempo con el Anti-Edipo de la dupla Deleuze-Guattari, con Foucault, Monique Wittig, Judith Butler y Jacques Derrida entre muchos otros. Polémica por aplicarse testosterona en público y presentarse en sociedad con bigotes, Preciado está en estos momentos en otro lugar de la teoría, lejos de la aparición del Manifiesto en el año 2000. De todas formas, el texto ya es un clásico para iniciarse en la política más importante que tenemos: el sexo.

                                             

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