lunes, 31 de enero de 2011

Una clase de Cívica




Son las 9 am y estamos en el aula esperando que llegue la profesora de Cívica para dar clase. La semana pasada adelantó que íbamos a profundizar acerca de los campos de exterminio nazis, los juicios a represores y por qué sentenciarlos es importante aún después de 30 años.

El tema es trascendente, lo vemos a diario en la Argentina actual y tiene que preocuparnos para que en el futuro no se repita.

Aunque –sincericidio-, tenemos 18 años y falta un mes para terminar quinto año y a nadie le importa nada. Pero no todo es negro, la profesora es una abogada copada que nos vuelve a sorprender. Tienen tres semanas para leer El lector, de Bernhard Schlink, y elegir el párrafo que prefieran. Ese es el trabajo final, dice.

Como el interno de un campo de exterminio que, tras sobrevivir mes a mes, se acostumbra a la situación y observa con indiferencia el espanto de los que acaban de llegar. Que lo observa con el mismo estado de embrutecimiento con que percibe el asesinato y la muerte. Todos los supervivientes que han narrado por escrito sus experiencias hablan de ese embrutecimiento, en el que las funciones de la vida quedan reducidas a su mínima expresión, el comportamiento se vuelve indiferente y desaparecen los escrúpulos, y el gaseo y la cremación se convierten en hechos cotidianos. También los criminales, en sus escasos relatos, presentan las cámaras de gas y los hornos crematorios como su entorno de cada día, y ellos mismos se pintan reducidos a unas pocas funciones, como embrutecidos o embriagados en su falta de escrúpulos y su indiferencia, en su embotamiento. Las acusadas me parecían presas todavía, y para siempre, de ese embrutecimiento, como petrificadas en él.

El lector
Título original Der Vorleser (1995)
De Bernhard Schlink
Por Anagrama
Edición 2009
En 203 páginas

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