lunes, 19 de abril de 2010

Somos nuestras excepciones



Una noche de confidencia, hace apenas tres meses, Lionel Wallace me contó la historia de la puerta en el muro.
El deseo de todo niño atrapado en una realidad que lo espanta, es encontrar la forma de salir de ella. A través de túneles, roperos, libros o espejos, la literatura ayudó a muchos a salir de esos mundos crueles y, en La puerta en el muro, de H.G. Wells, pasa eso, salvo un detalle.

Lionel Wallace es un niño de cinco años que, agobiado por la muerte de su madre y la rigidez de su padre, decide escapar de casa. En esa breve fuga, encuentra una puerta verde que al atravesarla le presenta un mundo con seres mágicos, todos felices de recibirlo. Hasta acá, la historia encaja dentro de esas que tienen a un niño que huye de la realidad.

Pero con el paso del tiempo, Wallace se vuelve un ejemplar de éxito en la burguesía londinense: tiene dinero, popularidad y un futuro estable. La puerta, que siempre mutaba de lugar, se le aparece en los momentos que él menos desearía, y luego vuelve a desaparecer.

Esta puerta, en la adultez de Wallace, toma un valor simbólico y puede ser leída como la imaginación de un niño que va quedando tapada por el uso de la razón: una razón para levantarse, una para ir a trabajar, una para opinar, etc.

Así es que cuando el protagonista realmente quiere salir de esas razones que lo aprisionan, la oportunidad de encontrar la puerta se le vuelve complicada (y además carga el peso de haberla ignorado tantas veces).


En un año, he pasado tres veces por delante de esa puerta y no he entrado.

El final del relato, donde lo fantástico se mezcla con lo real y las dos posibilidades son francamente plausibles, hace entender por qué esta obra del autor de La máquina del tiempo y El hombre invisible, es la preferida de Borges.

La puerta en el muro
Título original The Door in the Wall
De H. G. Wells
Por El acantilado
En 2003
En 54 páginas

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